15 mar. 2014

EL SUEÑO DE WANGARI

CEIP GINER DE LOS RÍOS  (MARACENA)
  COORDINADORA DE IGUALDAD

Verónica Pajares Villén

Trabajar días importantes como el 8 de marzo, con los alumnos-as más pequeños-as,a veces nos puede resultar complejo.

Los cuentos son un maravilloso recurso que siempre funciona en estas edades y si además somos capaces de contarlo escenificándolo y dándole la entonación adecuada, tendremos la atención de todos nuestros niños-as garantizada.
Intentar darles a conocer  el personaje de WangariMaathai, puede parecer  en un principio algo dificultoso, pero…todo cambia si transformamos su biografía en un cuento real.

 EL SUEÑO DE WANGARI  

Wangari era una niña pequeña que vivía en un pueblecito de África en un país llamado Kenia. Su cabaña estaba hecha de troncos de higuera de la misma manera que la de sus amigas Muda y Elika. Las ramas de este árbol, servían a la madre de Wangari para prender el fuego y cocinar la comida de cada día. En verano, la higuera se llenaba de frutos sabrosos  que Wangari y sus amigas se disputaban con los monos y otros habitantes del bosque. Cerca de la cabaña, había un riachuelo, salvaje como los animales que iban a beber al amanecer. El lugar preferido por la niña para jugar, era un bosque de higueras pero, entre todas ellas, había una que le gustaba mucho.  Era un árbol muy viejo, grande como las jirafas que a veces divisaba en la sabana, con una copa ancha tanto, como la espalda de los elefantes que, algunas noches, oía remolonear por los alrededores.  Como era tan viejo, el árbol tenía un tronco retorcido, con bultos y agujeros que le permitían subir hasta donde las ramas tejían redes de verdor.  Allí arriba, la niña se construyó su propia cabaña. Con las maderas que encontraba y con las que sobraban de la construcción de las cabañas de verdad, consiguió hacerse un hueco entre las hojas de su viejo amigo. 

Se encontraba muy bien allí arriba. Podía observar todo el pueblo. Veía a su amiga Muda cuando salía a jugar, o cuando el pequeño impala bebía por las tardes en el riachuelo. Encima del árbol tenía compañía, los pájaros que hacían sus nidos, las pequeñas serpientes de color verde que se enroscaban por las ramas delgadas, la caravana de hormigas que recorría el tronco, los murciélagos que por la noche, se alimentaban de sus frutos. ¡Y qué buenos eran los frutos de la higuera! En el  estío, la higuera era la mejor despensa de la zona, higos grandes y morados que se agrietaban con el calor del sol. ¡Y qué bonita era la vieja higuera!, casi como una amiga. 
Pero un día llegaron unos hombres extranjeros y se reunieron con los hombres del pueblo. Wangari intentó escuchar lo que decían pero no pudo entender sus palabras. Por fin se marcharon, pero al cabo de una semana, volvieron cargados con herramientas metálicas, sierras y enormes camiones de colores. Los camiones le gustaron muchísimo. Muda, Elika y ella quisieron montar en ellos pero los hombres blancos no les dejaron; les dijeron que tenían mucho que hacer y que ya estaba bien de negros gandules que no sabían lo que se decían. Su alegría al ver el camión se esfumó enseguida: Pero, ¿Qué hacían los extranjeros? Uno por uno, cortaron todos los árboles, la vieja higuera también, los cargaron y se marcharon con mucho ruido dejando el campo pelado y la tierra desnuda. 
Por la noche Wangari no quiso cenar; se acostó en su esterilla y lloró mucho rato en la oscuridad. 
Pasó el tiempo y la temporada de lluvias se hizo esperar. El cielo era de un color blanquecino turbio por el calor que no cesaba. De la tierra se levantaba un polvillo que entraba por la nariz y no dejaba respirar. 
Pasaron días y más días y no llovía. El riachuelo empezó a adelgazarse y ya no cantaba como antes. Las ranas tampoco se oían al anochecer mientras que, en el cauce, sobresalían unas piedras redondas que nunca había visto.
Los animales estaban nerviosos. El agua que quedaba era de color marrón y a ellos no les gustaba para beber. 
Su madre, un día, dijo que no tenía leña para cocinar. Por la noche Wangari tenía hambre. La familia comió un poco de mandioca sin cocer. 
Por fin llovió, pero el agua corría por la tierra desnuda y se la llevaba no se sabe dónde. La lluvia dibujaba acequias y líneas muy profundas allí donde antes estaba la vieja higuera.  
La niña estaba muy triste y sus amigas también. Ya no podían jugar a esconderse detrás de los troncos de los árboles, la cabaña en el árbol había desaparecido y el riachuelo cada vez estaba peor. Aquella noche Wangari se fue a dormir con lágrimas en los ojos pero… tuvo un sueño: 
Había crecido. Se había convertido en una mujer que volvía al pueblo con un saco a la espalda. - ¿Qué llevará en este saco? 
Se acercó al lugar donde antes había el bosque de higueras y puso la mano dentro del saco. Sacó unas cosas diminutas que casi no se veían, se agachó, hizo un agujero en la tierra y colocó dentro aquellas cosas. Las tapó con tierra, fue al riachuelo, cogió agua, y la regó. 
Durante mucho rato, hizo este trabajo y cuando acabó, empezaron a crecer pequeñas plantitas que pronto se convirtieron en árboles  y como por arte de magia, volvió a aparecer un bosque como el que existía antes. Enseguida empezó a llover pero la tierra ya no huía no se sabe dónde porque las raíces de los árboles la retenían y el riachuelo empezó a cantar feliz. 
Se puso tan contenta, que decidió que lo contaría a sus amigas y que, juntas, buscarían semillas para sembrar tantos árboles  que la tierra estaría contenta, su madre tendría leña para prender el fuego y ellas podrían jugar como siempre. 
(Àngels Cardona)

No hay comentarios:

Publicar un comentario